El camino hacia la virtud. De Aristóteles a Kant
Para los que encuentran (Aristóteles) y para los que buscan (Kant)
De todos los planteamientos que a uno le quedan en la memoria cuando lee a Aristóteles, quizás el que más utilizamos el resto de nuestras vidas es el del "justo medio" como referencia de lo ecuánime y del saber vivir. La virtud es algo que encontramos en el camino entre dos vicios, entre dos excesos, y sólo hemos de situar convenientemente el mojón utilizando un cierto criterio de sensibilidad, de grado. Así, para Aristóteles, el valor es lo que se encuentra entre el temor y la resolución; el temple entre la insensibilidad y la incontinencia, y así el resto de las virtudes que suman en una vida virtuosa. La vida, tan voluble, nos da las pistas necesarias para regirnos, si la sabemos observar adecuadamente.
Esta visión tan vivencial de lo que es la virtud (podríamos reconocerla aunque no la practicáramos, sólo vislumbrándola de pasada, mientras nos movemos al vaivén de los vicios), quizás tan mediterránea, choca radicalmente con la germánica racionalidad de Kant. La virtud para Kant no es algo que se encuentra en el camino, sino una meta que sólo es alcanzable mediante el esfuerzo humano, racional. La diferencia entre el vicio y la virtud no es de grado, sino categórica. Los excesos, los vicios, se contraponen sin continuidad a las virtudes: frente a la virtud de la conservación de la especie los vicios del suicidio, el sexo intemperado o la gula; frente a la virtud de la dignidad moral los vicios de la avaricia, la mentira o la falsa humildad y frente a la simpatía y gratitud, la envidia o la alegría por el mal ajeno.
En nuestro esquema, esas dicotomías se explican como relaciones entre contrarios, lo que hace que mi visión deba más a Kant que a Aristóteles. Yo también creo que la virtud no puede ser un mero equilibrio entre pasiones negativas, sino algo significativamente distinto que se sitúa en el centro del ser humano y cuyas desviaciones configuran los distintos vicios. Esta visión, más allá de su validez, comporta un principio ético, pues hace de la virtud el origen de la reflexión y sitúa a los vicios en una derivada.
Aceptar que su ethos sea diferente no significa que para vivir virtuosamente debamos retirarnos del tránsito de lo vivencial, tan imperfecto. Quizás sea más explicativo salirnos de la ética para recalar en la política, analizando las relaciones entre nazismo, comunismo y liberalismo. Para muchos teóricos de eso que se ha venido a denominar "centro", el liberalismo seria un "justo medio" entre los excesos del nazismo y del comunismo. Sin embargo, y tal como apuntó Mises, el ethos liberal es totalmente contrapuesto a los "vicios" de esas dos ideologías totalitarias pues, frente a la organización social espontánea que propugna el liberalismo, nazismo y comunismo comparten una visión férreamente estatalista para plasmar su idea de felicidad en la sociedad. Ahora bien, si su ethos les diferencia, ello no significa que en la acción social, en la praxis, no se puedan encontrar y converjan diferentes ideologías en una misma acción, pero sólo de manera coyuntural.
Hacer del tránsito el origen de una ideología o de la virtud es condenarlo a perseguir sombras. Necesitamos saber qué es lo que nos mueve, qué es para nosotros una vida buena o cual el orden social más justo, para ser capaces de mezclarnos con el polvo del camino sin miedo y con la capacidad de decidir, por nosotros mismos, cuándo debemos pararnos o seguir.