MI "primer" cuento favorito
Con "Un día perfecto para el pez plátano", de J.D. Salinger, comienzo un nuevo apartado de esta página web en el cual haré una reseña personal de algunos de mis cuentos favoritos. Ésta le he titulado Lejos de la playa de Normandía.
Escrito por jordi, el 19 de julio de 2011. Guardado en Mis cuentos favoritos.
La aventura plena
Leyendo un cuento de Sam Shepard me encuentro con esta frase que justifica un título como viviendo según el cartel; un cartel que dice: "La vida es lo que te pasa mientras haces planes para otra cosa", que es una manera prosaica de decir lo que Ezra Pound dice en uno de mis poemas favoritos: "Aún en sueños te me has negado, y enviado sólo a tus doncellas". La sensación de pérdida de valor de lo cotidiano a la espera de lo épico es un sentimiento humano, demasiado humano, que algunas obras narrativas han explotado dándole la vuelta, otorgando a lo cotidiano, en el margen de la historia, el valor de categoría de vida que efectivamente tiene.
Obras como Moby Dick de Melville, El corazón de las tinieblas de Conrad o, en el ámbito cinematográfico, Master and Commander de Peter Weir o Salvar al soldado Ryan de Spielberg, comparten en mayor o menor medida un mismo esquema narrativo clásico: la aventura plena, una aventura trazada por la Historia, pero plena en sus intersticios de biografía en la que los personajes se hacen personas enfrentándose a conflictos morales que los pondrán a prueba, curtiéndoles.
El esquema muestra más fuerza cuanto menos dueños son de su Historia los protagonistas, cuando su misión les viene impuesta por otros y no cabe rebelarse sino acatar. Ello les libera de "hacer planes" como dice la frase del cuento de Shepard y, liberados de esa responsabilidad, vuelcan su vida en los episodios que van salteando la aventura. Es en los personajes secundarios y no tanto en los que se autoimponen la aventura, es en la debilidad de un Hollow a las órdenes del capitán Aubrey más que en la locura del capitán Ahab donde se muestra la vida en toda su potencialidad.
Irremediablemente nos sentimos más identificados con esos secundarios de la Historia que con sus protagonistas: ellos son más afortunados que nosotros; al fin y al cabo ellos sí que conocen la misión de sus días.
Escrito por jordi, el 20 de junio de 2011. Guardado en Ejercicios de estilo.
Poema de "Amar como metáfora"
Poema de vacaciones, no de ruta: lo
Escrito por jordi, el 26 de abril de 2011. Guardado en Amar como metáfora
En primera persona
Vicente Verdú, en un artículo titulado "reglas para la supervivencia de la novela" plantea diez reglas imprescindibles para hacer novelas en tiempos de internet. Yo suscribiría esos diez puntos, pero ahora quiero centrarme en uno, el número nueve:
"9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto. El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cenit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein."
La verosimilitud -¿es lo mismo que la frescura?- es la esencia de la narrativa moderna. Efectivamente, la tercera persona omnisciente, que juega a ser Dios -sin que se sepa cómo narraría Dios- entrando y saliendo de las mentes humanas sin que éstas digan ni mu, saltando continentes, penetrando en lugares que nunca antes habían sido profanados por el hombre…aburre. Y aburre porque descubre la obra como un artificio, como una creación abstracta para pasar el tiempo, o para aprender, o para todo aquello que suele decirse cuando se quiere justificar la lectura más allá de la capacidad de emocionar y de trastocar -momentáneamente- la razón. Como dice Verdú, ya no se puede hacer novela como en el siglo XIX, básicamente porque para todas esas utilidades existen mejores formatos: internet, el cine, las series de televisión, etc.
El más lúcido de los escritores del XIX, Flaubert, ya hacía de la verosimilitud la clave de la narración, y aunque se mantuvo fiel a la tercera persona planteaba recursos para neutralizarla: máxima objetividad para pasar desapercibido, no juzgar a los personajes que relata, etc. Pero es la novela moderna, la que representa Proust, Joyce o Faulkner la que lleva al máximo esa voluntad flaubertiana de disimular al narrador…suprimiéndolo al darle al protagonista la voz, la primera persona.La primera persona agudiza el ingenio del escritor al no permitir sobrepasar las leyes físicas que impone el realismo en contraposición a las alegrías para con la verosimilitud que se permite el narrador omnisciente. Las limitaciones son creativas, como diría un defensor de las formas métricas en poesía. Así, una novela como Mientras agonizo de Faulkner, escrita en primera persona, se enriquece a partir de la narración coral de la familia Bundren sin que ello merme su realismo.
Pero más allá de sus virtudes formales, la primera persona representa en literatura la modernidad, en tanto superación del clasicismo imperante hasta la ruptura romántica, tan como señala I. Berlin en sus ensayos sobre historia de las ideas. El universalismo -una verdad, coherente y que se puede conocer racionalmente- tiene su correlato estilístico en el narrador omnisciente, el narrador Dios, que efectivamente conoce esa verdad y nos la revela. Pero la vivencia de la modernidad es el subjetivismo radical, la experiencia individual que precisa de cierta secularización para ser narrada no ya por un Dios, sino por una persona que nos explica su verdad, su fragmento de vida.
Sin embargo no se debe olvidar que la primera persona es un artificio literario, y que el narrador fragmentario es un ser tan fantástico en literatura como lo pueda ser el narrador omnisciente. Todo es falso, aunque el arte consista en disimularlo. No es la vivencia, sino su simulacro lo que importa y la experiencia de la subjetividad que permite la primera persona no significa romper con el necesario distanciamiento respecto al narrador por parte del escritor, cosa que habría que recordar a aquellos escritores que se excusan en la proximidad para mostrarnos sus -supuestos- encantos animales y que son unos simples fanfarrones: Henry Miller, si alguien se acuerda de él todavía. Puestos a romper con la rigidez del clasicismo, mejor la individualidad racional y sosegada de Kant que la borrachera del Sturm und Drang.
Escrito por jordi, el 14 de febrero de 2011. Guardado en Ejercicios de estilo.
La perfección que esclerotiza
La principal virtud de la creación literaria es, como en la música, su capacidad de evocación. Una obra literaria evoca cuando nos permite vislumbrar en su letra explícita un espíritu, un mundo que la sostiene y que no podemos aprehender en su totalidad. Densidad y verosimilitud son los adjetivos propios de la obra profunda, evocadora. Como la vida, de la cual no podemos llegar a hacernos una idea cierta y absoluta, la creación crece conforme mantiene cierto misterio sobre su voluntad, sobre el sentido de su discurso. Por ello envejecen tan mal las obras programáticas, aquellas cuya esencia es la tesis que el autor ha vertido sobre la misma.
Alcanzar esta capacidad de evocación a la hora de crear no siempre está en manos del autor. Por el contrario, lo que sí suele estar siempre en su mano es esa voluntad intervencionista de planificar en su totalidad la obra. Eso que se llama buscar la perfección y que acaba, a veces, introduciendo rigideces, esclerotizando la narración a base de tutelarla de tal manera que no le deja crecer en la imaginación del lector o espectador. Un exceso de perfección en literatura es como un exceso de planificación en la vida social, mata la creatividad, empobrece los logros. ¿Se imaginan que youtube fuera el resultado de un comité centralizado de contenidos? Aunque sus recursos fueran ilimitados los resultados de una organización nunca se podrían comparar con los de millones de persones interactuando libremente sobre la red.
Detrás de esta voluntad planificadora suele estar la vanidad del artista, el cual está dispuesto a sacrificar la verosimilitud del relato (su vida propia), haciendo evidente su carácter de construcción, con tal de que alaben su virtuosismo como artesano. Raymond Queneau y los integrantes del OuLiPo llevaron a su máxima expresión esta tendencia, mediante creaciones que se definían como un juego en el cual demostraban un dominio absoluto de la lengua, aunque el resultado fueran obras tan brillantes como superficiales.
El efecto perverso de la perfección esclerotizante es la voluntad de ser explícito. La necesidad que siente el autor de señalizar su obra nace de la desconfianza en que el lector o el espectador sea capaz de comprender por sí mismo las claves de la narración que le propone. Esta desconfianza está más justificada en el cine que en la literatura, dada la imposibilidad de parar (la cinta) y hacer una segunda lectura de aquello que no se entiende. Así, los "hijos" de las películas de Clint Eastwood en los que se plantea la familia como problema (Los puentes de Madison o Gran Torino) suelen cargar con todos los tópicos sobre la desidia y el desinterés para enfatizar el valor de las relaciones escogidas y no impuestas por los lazos de consanguinidad.El literatura hay también múltiples ejemplos de cierta perfección anquilosadora, en especial en aquellas obras que aspiran a cerrar en absoluto todas sus claves. Se valen de mecanismos como el de la metáfora simple (A representa B) relacionando, por ejemplo, estados de ánimo con realidades corpóreas, ciertos colores con sentimientos, etc. No es que estas figuras retóricas sean necesariamente empobrecedoras, pero sí lo puede ser su uso repetido en una misma obra al revelar su condición arbitraria. Este es el problema de obras como San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno, la cual pierde mucho de su interés cuando uno de esos entomólogos de la literatura nos ayuda a resolver el crucigrama metafórico que el autor propone.
Josep Pla, en la famosa entrevista que le hiciera Joaquín Soler Serrano, decía que "a la gente no le gustan los escritores demasiado perfectos", quizás en referencia a aquellos que anteponen su vanidad de creadores a la verosimilitud de la historia que quieren contar. Un vicio compartido, según él, por todos aquellos que practican la literatura de imaginación frente a la literatura que nace de la observación de la realidad. Sin llegar a tanto, sí que estoy convencido que para dotar de profundidad una obra es más práctico observar las interacciones humanas que buscar en el fondo de la cabeza del autor.Escrito por jordi, el 14 de diciembre de 2010. Guardado en Ejercicios de estilo.
Poemas de "Lugares Comunes"
Este es el segundo poema que he escrito: Viaje interior
Escrito por jordi, el 16 de noviembre de 2010. Guardado en Lugares comunes.
Poemas de "variaciones sobre un tema"
Otro poema mientras transito de Barcelona a Terrassa. En este caso "versiono" una de mis canciones favoritas de Kiko Veneno: Casa cuartel. En el link os explico el porqué.
Escrito por jordi, el 17 de octubre de 2010. Guardado en Variaciones sobre un tema.
Contra el cinismo
¿Se puede hacer buen arte con los buenos sentimientos?
La relación entre arte y moral siempre ha sido mal vista; cosas de censores, reales o vocacionales, según los partidarios de la pureza de la creación. Pero creo que la pregunta es pertinente, siempre que nos refiramos a la propia obra en sí y no a la consideración moral que nos provoque el creador, ya que un espectador o lector siempre puede distanciarse lo suficiente para valorar la creación como autónoma. En todo caso, las dificultades en este distanciamiento son meramente personales. No creo que necesariamente deba ser así con el relato que nos propone una obra, al menos en un sentido: su grado de cinismo.
Generalmente las creaciones que tienen como base los buenos sentimientos suelen calificarse de edulcoradas, y suele ser con razón. Hay excepciones, como la película -más que la novela- Matar a un ruiseñor, en la que Robert Mulligan muestra una nueva masculinidad en su protagonista, el cual aúna a los valores tradicionales -valor, disciplina, temple, etc.- los maternales con los cuales cuida y protege a sus hijos. La película, que siempre corre el riesgo de caer en la simplicidad, se salva por el hecho de estar narrada por una niña de corta edad -lo que permite y justifica cierta mirada naif sobre la realidad- y la habilidad en momentos puntuales del director, como la sobria salida de Atticus Finch del juicio que acaba de perder, a pesar del homenaje que le tributa una población negra puesta en pie: el director no se permite ni música de fondo para reforzar la imagen ni se recrea excesivo tiempo en la secuencia.
Por el contrario, la maldad tiene un gran prestigio literario. Si hiciéramos un recuento de nuestras películas o libros favoritos seguro que la mayoría mostrarían las turbulencias del alma más que la bondad humana. En todo caso, lo que suelen revelar las mejores obras es la complejidad del ser humano, capaz de lo mejor y lo peor ante los avatares de la vida y cuyas acciones se suelen explicar más por las fallas de la voluntad que por la maldad propiamente dicha: Otelo toma decisiones en un entorno de incertidumbre y los personajes de Mistic River son buenas personas víctimas de su incapacidad para comunicarse. Todas ellas muestran la dimensión de la tragedia humana -no de la maldad-, sin la presencia de la cual las obras suelen parecer superficiales.
Hay, por contraste, una serie de creaciones que se regodean en la miseria humana y que, siendo tan cojas como las bondadosas, tienen mucho más prestigio. Son aquellas obras cuyo máximo valor es el cinismo, el cual se define por la imposibilidad del espectador de sentir empatía con ninguno de los personajes, todos ellos miserables. Suelen ser creaciones ciertamente resultonas, a veces técnicamente muy brillantes, pero tan huecas e inservibles como las que hacen de la bondad el único motor de las acciones humanas. ¿De verdad puede enriquecer ver una película como Happiness? ¿Alguien se puede sorprender de que un director tan moral como Spielberg decidiera no dirigir American Beauty? ¿De qué le sirvió el marxismo a Joseph Losey si no pudo ver ni un atisbo de verdad en un sirviente? ¿No sería más satisfactoria nuestra vida sexual si alguien piadoso hubiera quemado todos los manuscritos del Marqués de Sade? ¿Para qué tanto ateísmo en Buñuel si después no es capaz de mostrarnos más que un apocalíptico Valle de Lágrimas en esa obra cumbre del resentimiento que es Viridiana?¿Qué habría perdido la literatura -y ganado todos sus seres allegados- si Bukowski hubiera palmado en su primera borrachera?
Quizás alguna de estas películas o autores estén entre sus favoritos. Si es así sepa que nunca, nunca, le compraré un coche de segunda mano.
Escrito por jordi, el 13 de octubre de 2010. Guardado en Ejercicios de estilo.
Poemas de "Lugares Comunes"
A partir de septiembre, dos días a la semana utilizo el tren para ir a buscar a mi hija al colegio. He aprovechado estos viajes para escribir textos que podrían denominarse más o menos poéticos y que genéricamente llamaré Transito. Así, a partir de ahora iré colgando aquí estos textos, escritos en algún punto intermedio entre Barcelona y Terrassa. Este es el primer poema que escribo en este apartado: Tareas Domésticas
Escrito por jordi, el 1 de octubre de 2010. Guardado en Lugares comunes.
Gil de Biedma-Levi´s-Pound
La buena literatura -como la vida- no debería ser muy diferente de este anuncio: una breve inmersión en un mundo tan pleno como el real, vívido gracias a un héroe que, ajeno al convencionalismo y su ruido, sólo busca para encontrar.
Escrito por jordi, el 13 de septiembre de 2010.
El final redentor
Estructuras narrativas (I)
En la narración, como en la vida, es importante tener un buen final. Aquel que golpee y sorprenda al lector/espectador en caso de la narración o simplemente aquel que nos proporcione placidez en el momento final de nuestras vidas. Sin embargo, existen finales que, más allá de ser efectivos en sí mismos, lo son en tanto transforman radicalmente la vida previa de la narración, dándole sentido o redimiéndola de su condición. Son los finales redentores, que transforman, justifican o bien confunden de manera ya definitiva nuestra percepción.
Así, el final de Dublineses, la película de John Huston a partir de un relato de James Joyce, plantea una pasión (muerta) como consecuencia, o premonición de la vida de los protagonistas, ahogada a lo largo de la película en una sucesión de los convencionalismos propios de la sociedad victoriana.
Como Ridley Scott no es Huston, Thelma & Louise no plantea un final redentor de la vida convencional de los personajes sino de la propia narración como convencional "road movie" de tintes feministas que es la película hasta que la opción vital/mortal que realizan las dos mujeres en fuga transforma esa aventura en un punto final con voluntad trascendente.
Por último, un final puede trastocar todas las convicciones que el lector ha ido elaborando sobre el sentido de la narracción, convicciones que no surgían de un equívoco sino de las pistas que hábilmente el autor había dispuesto para que el lector, enfrentado con el sorprendente final, se sumiera en una total e insuperable confusión. Ése era el propósito de Jerome Salinger cuando en "Linda boquita y verdes mis ojos" nos propone una conversación telefónica, ya de madrugada, entre dos hombres, uno de los cuales es el marido de la mujer que comparte cama con el otro...o eso creemos. Cuando en una última conversación el marido le comunica que su esposa ya ha llegado a casa, acabando de esa manera con su angustia, comienza la nuestra: ¿era errónea nuestra percepción sobre el triángulo amoroso? ¿es falsa la última confesión del marido? Cuestiones éstas que no se pueden resolver, pues éste era el propósito del autor, embaucarnos con su capacidad técnica de escritor, aún sacrificando la verosimilitud del relato.
Pero hay finales que no redimen, sino sepultan la narración. Un ejemplo es la película francesa Amelie. Su director, Jean-Pierre Jeunet, se ha caracterizado por realizar películas de imaginación, generadoras de un mundo propio con el que se divierte y divierte -sólo a veces- a los demás. Tan bien se lo pasa acumulando historias y imágenes sugerentes que el final de sus cintas le suele pillar a traspiés, como si un mayor (productor) le arrancara su juguete preferido de las manos. Ello produce, generalmente, finales deslavazados en sus otras películas, pero en Amelie esa desatención es fatal. Y ello porque quizás como en ninguna otra película, el director consigue hacer creíble su propio universo para el espectador, un universo que no sólo es paralelo sino alternativo, y por ello, subversivo respecto a nuestros valores; subversivo, aunque sea de una manera muy naïf. La protagonista reinterpreta los códigos sociales de una manera muy particular, y no contenta con ello, intenta imponer esa reinterpretación a las personas que participan de su cotidianidad. ¿Cual es el motivo? ¿cual su finalidad?
La respuesta es decepcionante. Nada de subversión, personal o colectiva. La protagonista abandona su misión, su esforzada lucha contra los estereotipos...cuando encuentra novio. Un final vulgar que no sólo defrauda sino que traiciona toda el entramado narrativo de la película. Te venden una revolución y acaban diciéndote lo que Stalin a Rosa Luxemburgo: "Señora, lo que usted necesita es un polvo".
Escrito por jordi, el 25 de diciembre de 2009. Guardado en Ejercicios de estilo.